Figma ha perdido casi el 80% de su valor desde los picos posteriores a su salida a bolsa, y este viernes sus acciones sufrieron un nuevo golpe al desplomarse un 6.8%. La razón de esta caída tiene nombre y apellido: Claude Design. La reciente herramienta de Anthropic automatiza la creación de prototipos, presentaciones y flujos de diseño. El mercado ya lo sabe. El software tradicional de interfaz de usuario está perdiendo terreno frente a la inteligencia artificial generativa.
Las cifras exponen la gravedad del problema. Con los títulos cotizando actualmente en 20.34 dólares, el consenso analítico sitúa su valor razonable en apenas 18.79 dólares. Esto representa una sobrevaloración técnica del 8.2%. Es un margen aparentemente estrecho. Sin embargo, confirma que la narrativa de hipercrecimiento inagotable de Figma se ha roto definitivamente.
A mi juicio, lo que estamos presenciando no es una simple corrección de múltiplos, sino una reestructuración profunda en la cadena de valor del software. Durante la última década, la ventaja competitiva de Figma fue perfeccionar la colaboración en tiempo real entre humanos. Hoy, el verdadero competidor no es otra plataforma de vectores. Es un agente conversacional. Las firmas de análisis acaban de iniciar la cobertura de estas acciones con una fría calificación neutral, reflejando el miedo sistémico a que la IA elimine los puestos operativos que sostienen el modelo de suscripciones corporativas.
El pragmatismo frío de Adobe
Frente a exactamente la misma amenaza existencial, Adobe ha elegido un camino diametralmente opuesto. En lugar de competir contra los modelos fundacionales, está abriendo sus puertas. La compañía acaba de inyectar su asistente de IA, Firefly, en Photoshop, Illustrator y Premiere Pro, pero el movimiento estratégico real va más allá. Se están conectando directamente con Claude de Anthropic.
La estrategia es evidente: si los algoritmos van a generar el trabajo pesado, Adobe quiere ser la infraestructura donde esos agentes operen. Esto no es menor. Como confesó la propia dirección técnica de la empresa, hay flujos de trabajo enteros que los clientes prefieren delegar por completo a una máquina. Adobe prefiere sacrificar el uso manual de sus propias herramientas si eso garantiza mantener al usuario bloqueado dentro de su ecosistema comercial.
Este choque de enfoques define lo que está en juego para el software empresarial. Las plataformas donde los humanos arrastran píxeles de forma manual están perdiendo su prima de valoración aceleradamente. El futuro pertenece a las empresas que logren orquestar la relación entre el usuario y los agentes de IA. Quien se resista a convertirse en una capa de infraestructura, será reemplazado. No hay vuelta atrás.
Figma proyecta facturar entre 1.360 y 1.370 millones de dólares para 2026, tras registrar un salto del 40% en su último trimestre hasta los 303,8 millones. Los números son impresionantes. El mercado ya lo sabe. Sin embargo, en el sector del software hay un nerviosismo palpable. Adobe, con 24.000 millones de dólares proyectados para 2025, y Figma, con apenas 1.060 millones, se enfrentan al mismo escrutinio.
El código como nuevo lienzo
Google acaba de mover ficha con Stitch, una herramienta que empuja diseños impulsados por IA directamente a los flujos de los desarrolladores. Anthropic no se queda atrás con Claude Design, capaz de generar prototipos pulidos desde simples instrucciones de texto. Esto no es menor. Las grandes tecnológicas no compiten por mejorar el software tradicional, sino por conectar la idea directamente con el código. Buscan saltarse al diseñador por completo.
Figma argumenta que la automatización solo potencia su ecosistema. Su oferta generativa, Make, ha logrado una rápida adopción inicial al optimizar la creación de interfaces. Aquí está el problema. La compañía comenzará a cobrar por estos complementos con un sistema de créditos en marzo, y es un misterio cuántos usuarios gratuitos abrirán la billetera. A mi juicio, este será el verdadero termómetro para todo el modelo SaaS.
El temor a los asientos vacíos
El miedo a la disrupción ha revivido el castigo bursátil en todo el bloque de empresas de software. Los inversores temen que la inteligencia artificial reduzca la cantidad de licencias corporativas necesarias. Si las herramientas de Anthropic o Google absorben el trabajo pesado, las reglas de valoración cambiarán drásticamente. El capital dejará de premiar el volumen total de usuarios para exigir poder de fijación de precios, expansión por cuenta y márgenes operativos impecables. No hay vuelta atrás.
La industria del diseño enfrenta un filtro implacable. Si Figma logra convertir la curiosidad por la IA en clientes de pago continuo, su valoración actual pronto parecerá conservadora. Pero la amenaza de comoditización es real. Lo que el mercado debe vigilar en los próximos trimestres no son las nuevas funciones visuales, sino la retención de valor: ganará quien logre automatizar el flujo de trabajo sin destruir su propio modelo de suscripciones.